Navidad

Aunque de índole religiosa, la Navidad trasciende ese ámbito y se inscribe en el de las celebraciones civiles. Cristianos o no, todos vemos a la Navidad como el fin de un ciclo y el inminente comienzo de otro. Los buenos deseos y las felicitaciones, los propósitos siempre positivos, los regalos: todo busca propiciar el bienestar, la paz, la tranquilidad, de frente a una realidad que ofrece otros panoramas no siempre amables. En estas fiestas, la Fonoteca Nacional desea compartir con ustedes diversos materiales sonoros que conmemoran, celebran o comentan esta época. Además, un texto de Benjamín Rocha que intenta ahondar en el significado de diversos ritos y símbolos que pueblan estas fechas.

La Navidad, un milenario rito de renovación del mundo

por Benjamín Rocha

Este 24 de diciembre por la noche, la mayoría de las familias en México -y en el mundo cristiano en general- se reunirá para renovar, una vez más, un rito llevado a cabo desde hace miles de años, bajo distintas formas y con diversos nombres: el nacimiento del Sol. Acaso imperceptible para la mayoría de los comensales estará presente, a lo largo de la noche y de la madrugada, un cúmulo de símbolos provenientes de casi extintas tradiciones que habrán de unirnos, una vez más, con el pasado primigenio de la humanidad.

El Sol, el primer dios

Desde el principio del tiempo humano, la presencia del Sol fue percibida con miedo, con veneración, con alegría. Él fue el primero de los dioses que el hombre en su inagotable soledad tuvo frente a sí.

No es difícil inferir el porqué. Eleve en la mañana su vista y vea cómo esa inmensa bola de aparente fuego inicia su brillante recorrido. A mediodía, arriesgue un vistazo a ese fulgor espléndido. Finalmente, en la tarde, observe cómo, al desaparecer, ese astro hunde todo en tinieblas y hace al mundo más misterioso, menos abarcable y definido, más oscuro y proclive al temor, a la angustia.

Ahora remóntese al principio de la humanidad, sin ciencia que explicara que el Sol no es fuego, sino incesante hidrógeno transformándose en helio. En ese principio, el Sol era la vida, ni más ni menos, y su ausencia recordaba a la noche de la muerte. Por eso las antiguas culturas, al ver sus antorchas extinguirse, pensaron acaso que al Sol, alguna vez, le pasaría lo mismo. Y oraron en principio, y luego se dieron a la tarea de ayudar -algunos cada 52 años, otros cada 20, los más cada año- a ese benefactor para que siguiera su curso.

Entre ires y venires quedó como día clave, al menos en Occidente, el solsticio de invierno; es decir, la noche más larga del año, el momento en que las tinieblas -esa forma del caos primordial- amenazan al Sol con asfixiarlo y no dejarlo salir nunca más. Por eso es que los dioses solares, esos que iluminan a la humanidad, nacen por estas fechas. Por eso también, la Nochebuena es noche de vela para ayudar al Sol a nacer. De ahí que vengan las luces, las velas, las hogueras. Nadie duerma, pues el sol requiere luz y ojos despiertos para vencer a la noche.

Jesús, dios solar

En muchas de las biografías de Jesús se presume, a veces imperceptiblemente, que no nació en diciembre, sino a mediados de año, tal vez por junio o julio; sin embargo, la fecha fue cambiada para asimilarla a la del nacimiento de Mitra, otro dios solar nacido durante el solsticio de invierno y según ciertas tradiciones hijo también de una virgen. El culto a este dios pagano, allá por los albores de la cristiandad, estaba altamente extendido entre los habitantes del imperio romano.

Los primeros cristianos -perseguidos, sacrificados, rotos en pedazos frente a las fieras del Circo- emplearon una estrategia para adueñarse del poder secular y llevar, con el brazo del imperio romano, la nueva religión a todos los confines del mundo. Así, Jesús fue asimilado a Mitra y se aderezaron tradiciones y leyendas antiguas y modernas para crear con la ayuda de personajes como San Pablo la nueva religión. Nadie ignora que la estrategia funcionó y que el emperador Constantino, luego de un sueño donde vio la cruz de Cristo, se convirtió al cristianismo, con lo que se inició una terrible persecución de los restos del paganismo y el ascenso del cristianismo como religión oficial y, claro, ecuménica. Hoy, los cristianos reciben con júbilo a Jesús, quien con su luz vence a las sombras e inicia, con ese solo acto, la renovación del mundo.

Otros símbolos de Navidad y Año Nuevo

A lo largo del tiempo, esa noche milagrosa de renacimiento del Sol fue acumulando símbolos, ritos, leyendas e historias provenientes de diferentes tradiciones hasta llegar a lo que hoy vivimos cada diciembre.

Empecemos por el árbol de Navidad, que no es una mera copia de una costumbre estadounidense, sino que tiene un significado que se pierde en el origen de los tiempos. Casi todos los pueblos de la antigüedad practicaron la “dendrolatría”; esto es, la adoración de los árboles como representantes no sólo de la fuerza de los dioses, la naturaleza o de Dios, sino como una clara representación de un “axis mundi”: un eje del mundo. ¿Por qué? Pues porque ese ser vivo, firme, inamovible, perennifolio (es decir: siempre verde, poblado de hojas), contiene los tres niveles del cosmos: el Inframundo, representado por las raíces que están en contacto con las fuerzas telúricas y el reino de los muertos; el Mundo que vivimos cotidianamente, representado por el tronco que nos permite, al tocarlo entrar en contacto con otras realidades; la copa, que representa el Supramundo, ese ámbito poblado por seres superiores.

Al pie del árbol hoy se colocan regalos, que otrora fueron los mejores frutos provenientes de las recientes cosechas y que se compartían con los seres queridos como una forma de celebrar, conjuntamente, las bendiciones de la Tierra, la gran Madre Nutricia. En la copa se colocaron luces, como representación de las estrellas; en las ramas se pusieron planetas y demás cuerpos celestes representados por frutos redondos y luego por esferas. Finalmente, en la punta del árbol, la estrella mayor: el Sol. Así, frente a todos los comensales, se tenía el cosmos, vivo, luminoso, al alcance de la mano.

¿Y Santa Claus?

Otra herencia germana muy vigente hoy en día es Santa Claus, figura mítica que a lo largo de los siglos ha incorporado atributos de otros personajes históricos o imaginados (que acaso sean lo mismo). En su origen, la figura que hoy conocemos como Santa Claus fue Odín, el máximo dios germano, cuyas largas barbas blancas representan la sabiduría que sólo da la edad. Cada año, Odín recorría este mundo montado en “Sleipnir” su ágil caballo octópodo, para dejar un regalo en aquellas casas donde, al año siguiente regresaría para llevarse al más viejo de la familia. Con el tiempo, “Sleipnir”, el caballo de ocho patas, se convertiría en ocho renos, Odín se vestiría de rojo, color de la fertilidad (pues roja es la sangre, líquido sin el cual ninguno de nosotros existiría) y su leyenda se mezclaría con la de San Nicolás, dulce benefactor que cada Navidad prodigaba regalos a los niños.

Un niño portador de la esperanza y la renovación

Aunque ahora quede velado por los medios de comunicación y las campañas publicitarias que buscan devorar nuestros aguinaldos (escasos o no), el origen de la celebración de la Navidad es religioso en el más profundo sentido del término y rebasa por mucho el mero ámbito eclesiástico. La noche del 24, el Sol, representado por un niño, vence a las sombras y en su ser une al humano, al rey y al dios; por eso, los tres reyes “magnos” (es decir “grandes”, que por azares del devenir de las palabras se habrán de convertir en Reyes Magos) lo honran: como hombre, con mirra; como rey, con oro; como dios, con incienso.

Esa naturaleza divina y solar resurgirá en un ritual ya pasado el Año Nuevo: el Día de Reyes, cuando, otra vez en reunión, finalicemos las fiestas de renovación del ciclo con el corte y repartición de la rosca de reyes.

Esta costumbre, tan modificada hoy en día, era en principio una celebración dedicada al Sol. El pan representaba la órbita de nuestra estrella girando alrededor de la Tierra, como lo señalaban las viejas teorías astronómicas. El Sol era representado por un haba y quien la encontrara debía festejarlo con todos los demás comensales en una fecha futura. Con el tiempo, el haba fue sustituida por la figura de un bebé: el Niño Dios, Jesús nacido hombre. Quien lo hallare en su pan tendría que compartir esa luz precisamente en el día en que también se celebra la bendición de tener luz con grandes velas o candelas. Efectivamente: el 2 de febrero, Día de la Candelaria.

Con los tamales, el atole o el chocolate del dos de febrero, se concluye lo que inició el 24 de diciembre: el triunfo de la luz sobre la sombra. Exactamente: 40 días, que preceden otro periodo igual ya por venir: la Cuaresma, tiempo de reflexión y sacrificio de un dios nacido hombre.

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